Expresión práctica del ayuno
Jorge Arturo Rosales E. – San José
“¿Por qué no se puede comer carne los viernes de Cuaresma? ¿Es solo carne roja o cualquier tipo de carne? ¿Por qué carne y no otra cosa? ¿A qué se deben estas prescripciones? ¿Cuál es su historia?”.
Como breve pero muy apropiada introducción a las respuestas que podamos dar, conviene recordar el siguiente texto del Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: “La llamada de Jesús a la conversión y a la penitencia, no mira en primer lugar a las obras exteriores, “el saco y la ceniza”, los ayunos y las mortificaciones, sino a la conversión del corazón, a la penitencia interior. Sin ella, las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el contrario, la conversión interior, impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles, gestos y obra de penitencia”(nº 1430).
Ahora bien, la penitencia interior del cristiano debe tener expresiones muy variadas. La Sagrada Eucaristía y los Padres de la Iglesia insisten sobre todo en tres formas: el ayuno, la oración y la limosna. (cfr Mt 6, 1-18) que expresan la conversión con relación a sí mismo (el ayuno), con relación a Dios (la oración) y con relación a los demás (limosna). Por otra parte los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico y de manera especial el tiempo de Cuaresma y cada viernes en memoria de la muerte del Señor, con momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia.
La abstinencia de la carne es una expresión de la práctica del ayuno, en efecto, uno “ayuna”, es decir se abstiene de comer carne. El Derecho Canónico o Ley Universal de la Iglesia nos dice: “Todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de la carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardan el miércoles de Ceniza y Viernes Santo”, (can 1251). Obviamente el texto no se refiere sólo a la carne “roja”, sino a cualquier tipo de carne.
¿Por qué abstinencia de la carne y no de cualquier otro alimento? La razón es del todo clara: en cualquier “cultura” y más aún entre poblaciones pobres, la presencia de la carne en la comida, sugiere ambiente de fiesta, de abundancia, mientras que una comida de verduras, hace pensar espontáneamente en sencillez y fragilidad. A esta razón del todo obvia, se añadió desde muy pronto en la historia de la Iglesia, la convicción de que comer carne, en abundancia, bien preparada y a lo mejor acompañada de un buen vino (no olvidemos que la Iglesia fue surgiendo y organizándose en un mundo mediterráneo donde el vino es bebida común), obstaculizara la vida de castidad y pureza… y de allí que esto explique que hayan surgido en la Iglesia Órdenes y Congregaciones que a los votos de los demás, añadieran el no comer nunca carne a lo largo de la vida… No debemos exagerar este argumento: no es tanto la carne en cuanto tal que fomente los impulsos eróticos, sino la atmósfera que se puede crear durante ciertas comidas en que abundan los platillos de carne y las bebidas alcohólicas. En sintonía con lo anterior, el mismo Código de Derecho Canónico, deja que las Conferencias Episcopales de los varios países, determinen si la abstinencia debe ser de la carne o de otro alimento (cfr can 1251).
¿Cuándo empezó esta práctica en la Iglesia? Hay que recordar que la práctica del ayuno y de la abstinencia, precedió la existencia de la Iglesia. En efecto, los Profetas del Antiguo Testamento nos hablan de su auténtico sentido. Jesús mismo ha sido fiel a esta práctica: todos sabemos que se preparó a su Vida Pública o Ministerio, después del Bautismo recibido por Juan, con 40 días en el desierto en riguroso ayuno en que – obviamente – no había lugar para ningún tipo de carne.
El ejemplo de Jesús es más que suficiente para motivar a todo el que se considere su discípulo, a hacer propia la práctica del ayuno y de la abstinencia como expresión de una sincera y constante actitud de conversión, a la que nos invita el mismo Jesús. Con sus palabras empezamos la cuaresma: “conviértete y cree en el Evangelio”.